lunes, 18 de abril de 2011

Los nuevos monstruos: los zombis


Los zombis no son una creación del cine. Como muchos de los monstruos que aparecen constantemente en el ecran, estos provienen de otras fuentes. En este caso se trata de un mito ligado a la religión vudú, que no se centra exclusivamente en Haití, como muchos creen, pues también se extiende en varios países africanos.

El cine, sin embargo, ha creado su propia mitología zombi. Si bien es cierto que las primeras películas que tuvieron como personajes a estos seres eran próximos a la tradición vudú (que tiene como abanderada la obra maestra de Jacques Tourneur Caminé con un Zombi de 1943) es a partir del debut como realizador de George Romero en La Noche de los Muertos vivientes (1968) que los zombis adquieren la personalidad que todos conocemos, a pesar de las variaciones que diversas propuestas fílmicas han hecho a partir de esta renovación.

Los zombis se alejan del exotismo del que estaban envueltos en sus inicios (no olvidemos que el exotismo es un elemento recurrente del terror decimonónico y de las primeras producciones cinematográficas) para aterrizar en las ciudades modernas, el terror entonces se vuelve urbano y cercano. Los actuales zombis son el resultado de algún fenómeno ligado a la modernidad y no a un extraño conjuro o ritual. Si bien es cierto que la película que inició esta nueva fase, La Noche de los Muertos Vivientes, no brinda una explicación sobre el origen de los zombis, suelta alguna pistas que indican un posible vínculo con la carrera espacial de los años sesenta. El zombi como consecuencia de la modernidad es el mayor aporte de Romero, ya que su visión permite constantes relecturas, acorde con las nuevas amenazas que aparecen junto al llamdo progreso, dotando al subgénero de zombis una salud envidiable, cosa que no hubiera pasado si estos siguieran estancados en los confines de Haití.

Otro aporte importante de Romero es la antropofagia. Los zombis devoran, sin razón aparente, (alguna triste película trató de dar alguna explicación sobre su canibalismo, pero preferimos ignorarla) a quien antaño fue su prójimo. Se trata de una metáfora de la destrucción que somete el ser humano a su propia especie en su carrera desmedida hacia el progreso. Otra contribución importante es que los zombis solo pueden morir si se les destruye el cerebro. Esta visión, novedosa e inédita, es, hasta cierto punto, heredera del racionalismo. Si Drácula solo puede ser acabado destruyéndole el corazón (a todas luces una visión propia del romanticismo) el zombi que no ostenta, aparentemente, inteligencia alguna (aunque en posteriores películas de Romero hay una evolución en el escaso coeficiente intelectual del zombi) tiene como órgano vulnerable el cerebro. Los rígidos movimientos de este nuevo zombi ya están presentes en visiones anteriores, aunque en el caso de Romero son más grotescos (al parecer este detalle está en desusanza en los últimos años, donde los zombis, u otros seres similares, tienen una gran destreza física y fuerza incomparable) y responde a la parálisis que aqueja a los muertos en las primeras horas.

El triunfo del zombi de Romero, en mi opinión, se debe fundamentalmente a que sintetiza, en cierta forma, a tres de los monstruos más populares del cine: tiene la indefinición ontológica de Drácula (que vaga en un estado que no es ni la vida ni la muerte), la torpeza de Frankenstein (que es producto de la tecnología lo que le convierte en el primer monstruo que vaticina los peligros de la modernidad ) y la voracidad del Hombre Lobo (que simboliza el ancla que nos sumerge a nuestro pasado salvaje y animal). Por ese motivo y otros que sin duda se me escapan, creo que los zombis gozan de gran popularidad en el terreno de los monstruos cinematográficos, posiblemente esa fama sea solo igualada por Drácula, cuya lujuria lo mantendrá vigente por muchísimos años más. Este éxito ha hecho que los zombies trasciendan su origen modesto en el género B, (nicho en el cual aún se mantienen cómodos), pues ahora coquetean en producciones de mayor capital, no solo hollywoodenses sin también televisivas. Para deleite nuestro (al menos de los que tenemos buen estómago) seremos testigos de los cambios que sufrirán estos hambrientos seres; no nos sorprenda si en un futuro muy cercano son ocasionados por el calentamiento global o la radiación.

Robinson Díaz

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