domingo, 23 de enero de 2011

El origen de la pornografía


Figura rupestre de connotación sexual en Lascaux interpretado brillantemente por el escritor francés Georges Bataille

¿Tiene fecha de nacimiento la pornografía? Algunos piensan que es tan remota como la civilización misma. Otros sitúan el origen de la pornografía en el medioevo, con la aparición de los Sonetos Lujuriosos de Aretino. Hay quienes sostienen que aparece en la época del libertinaje europeo, cuyo descriptor y filósofo principal fue el Marqués de Sade. Creemos que es imposible determinar una fecha específica, pero podemos tentar una hipótesis que trate de explicar el nacimiento de este “ignominioso” género literario y artístico.

Para empezar, definir la pornografía es muy difícil y muchísimos autores han intentado, sin éxito, esbozar alguna definición que sea satisfactoria. Naiff Yehya nos brinda un concepto que él mismo reconoce que es cuestionable: “la representación o descripción explícita de los órganos y las prácticas sexuales enfocadas a estimular los deseos eróticos en el público.” No obstante la pornografía, etimológicamente, significa tratado o estudio sobre la prostitución, acepción que es aceptada por la Real Academia Española. Hubo pornógrafos de este tipo como el francés Nicholas Edmé Restif de la Brétonne (1734-1806), más conocido como el “Rousseau de las cloacas” debido a que editó un libro que proponía varias reformas para el ejercicio de la prostitución. Pero este sentido del término pornografía no nos interesa en este artículo.

Por cuestiones prácticas vamos a tomar como validero la definición de Yehya. Ahora, para fines de nuestra hipótesis recapacitemos en la reprobación social de la pornografía. Este fuerte rechazo social estimula que sea consumida en solitario ya sea frente a un televisor, una computadora, o en espacios públicos casi clandestinos como cines de dudosa reputación. El ostracismo de la pornografía de la escena pública en occidente se debe en gran medida al cristianismo que condenó la práctica sexual libre, a diferencia de otras religiones antiguas o paganas . Recuérdese, por ejemplo, las orgías en los templos babilonios que se realizaban en honor a los dioses de la fecundidad. Creemos que es justamente esta aversión del cristianismo al sexo que origina la pornografía.

Obra del polémico pintor Stu Mead

Como dijimos antes, algunos creen que la pornografía existe desde épocas inmemoriales por la representación del sexo que hicieron nuestros ancestros en su arte rupestre. Esta posición es muy cuestionable: la representación del sexo hasta la época de la Roma imperial no suscitaba los escándalos (como lo demuestra los grabados hallados en casas familiares en la antigua Pompeya) que hoy genera la pornografía. Creemos que la naturalidad con que se miraba la representación explícita del sexo en la antigüedad se debe a que el acto sexual no estaba confinado al espacio privado: las orgías eran aprobadas con beneplácito, incluso había fechas especiales para ellas, las cuales se realizaban a vista de todos los ciudadanos. Es con el surgimiento del cristianismo que paulatinamente se confine al sexo a la vida privada y cualquier manifestación pública de ello llega no solo a ser condenable sino punible. Es entonces que la representación del acto sexual, ya sea a través de palabras o imágenes, se vuelve oprobiosa y execrable. Por lo tanto podemos sostener que es en ese momento que la pornografía adquiere su partida de nacimiento. Precisar cuando acontece exactamente este hecho es muy difícil por lo que hablar de fechas sería una imprudencia.

Transgredir el espacio privado genera placer y, muchas veces, culpa. La pornografía genera ambos sentimientos y por ello su consumo se ha mantenido como una práctica oculta. Sin embargo, la posmodernidad ha derribado las fronteras del espacio privado y público, por la que la aceptación de la pornografía se da a pasos pequeños pero firmes. Los actores pornos que, como bien señalaba Ricardo Bedoya en un artículo en la década de los ochentas, permanecían en el anonimato, hoy son estrellas mediáticas, como lo demuestra la despampanante Jenna Jammeson o la insaciable Sasha Grey. Y este fenómeno solo es la punta del iceberg (el cine de autor actualmente incluye escenas pornográficas sin ningún tipo de problemas, hay realitys en la televisión sobre aspirantes a actrices pornos, etc.) que probablemente augure un nuevo acontecimiento: la legitimación social de la pornografía. ¿Esto significará su extinción, un nuevo retorno a la antigua Babilonia o Pompeya? Solo el tiempo lo dirá.

Robinson Díaz

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