
Páginas del Amante Menguante
viernes, 6 de mayo de 2011
Found Footage o la reescritura fílmica

miércoles, 27 de abril de 2011
Rabia
Un enfermo de rabia, que vive sumido en un violento delirio, es dotado de una fuerza excepcional y es capaz de someter por la fuerza a varios hombres o destruir con facilidad objetos o muebles que en su estado normal hubiera sido incapaz de romper. Acompaña a esta potencia física una agresividad e irritabilidad, ambas muy inmoderadas, que vuelven sumamente peligroso al más pacífico de los hombres. El rabioso parece un ser sin límites pues además ha sido sustraído de su mente la razón, castradora milenaria de impulsos animales, lo cual empuja al enfermo a superar todo límite físico y moral. Convulsiones imposibles, sensibilidad extraordinaria, rugidos inverosímiles o agresiones salvajes nos demuestran que la barrera humana es una convención y que esta suele encontrarse en la salud.
El enemigo de todo rabioso es el agua. El vital líquido es un elemento apaciguador, aplaca la sed y alivia tensiones. Estos efectos rivalizan con el fuego que consume al rabioso, cuyo único propósito es estallar de forma continua sin dar tregua alguna al espíritu poseso. El agua que brota de la lengua de los enfermos de rabia, muy característico en ellos, es una expulsión de un elemento incompatible a su naturaleza violenta y tempestuosa. Es tan severo el rechazo que siente el rabioso por el agua que tan solo el susurro que hace un manantial o un arroyo es capaz de producir en él el mayor de los horrores. La rabia es también conocida, en muchos idiomas, como hidrofobia.
La rabia, como muchos saben, es transmitida por un animal mamífero, aunque muchas veces llega al humano a través de la mordida de un can. No obstante, en algún momento de nuestra historia se creyó erróneamente que esta enfermedad se generaba espontáneamente en nosotros. Comprensible porque el paso entre salvajismo y civilización era más cercano en aquellas épocas que en la nuestra, por lo que resabios de la condición animal aún podían resonar en el hombre. Sin embargo, hoy la rabia puede ser entendida como una especie de venganza de la naturaleza hacia la humanidad que ha abandonado su violento seno. Nuestros fieles compañeros animales, los perros –y en menor medida los gatos- son los principales transmisores de este mal. Y es que a pesar de la convivencia milenaria con nosotros, aún representan a la naturaleza, son sus emisarios y como tales nos hacen llegar este castigo en forma de enfermedad que nos devuelve a nuestro estado natural, quizá distorsionado, como la imagen que proyecta un espejo vilmente deformado, pero jamás desleal a lo que fuimos antaño: animales llenos de furia, sin la traición de la conciencia y la agresividad y fuerza como únicas condiciones para la supervivencia.
Robinson Díaz
lunes, 18 de abril de 2011
Los nuevos monstruos: los zombis

El cine, sin embargo, ha creado su propia mitología zombi. Si bien es cierto que las primeras películas que tuvieron como personajes a estos seres eran próximos a la tradición vudú (que tiene como abanderada la obra maestra de Jacques Tourneur Caminé con un Zombi de 1943) es a partir del debut como realizador de George Romero en La Noche de los Muertos vivientes (1968) que los zombis adquieren la personalidad que todos conocemos, a pesar de las variaciones que diversas propuestas fílmicas han hecho a partir de esta renovación.
Los zombis se alejan del exotismo del que estaban envueltos en sus inicios (no olvidemos que el exotismo es un elemento recurrente del terror decimonónico y de las primeras producciones cinematográficas) para aterrizar en las ciudades modernas, el terror entonces se vuelve urbano y cercano. Los actuales zombis son el resultado de algún fenómeno ligado a la modernidad y no a un extraño conjuro o ritual. Si bien es cierto que la película que inició esta nueva fase, La Noche de los Muertos Vivientes, no brinda una explicación sobre el origen de los zombis, suelta alguna pistas que indican un posible vínculo con la carrera espacial de los años sesenta. El zombi como consecuencia de la modernidad es el mayor aporte de Romero, ya que su visión permite constantes relecturas, acorde con las nuevas amenazas que aparecen junto al llamdo progreso, dotando al subgénero de zombis una salud envidiable, cosa que no hubiera pasado si estos siguieran estancados en los confines de Haití.
Otro aporte importante de Romero es la antropofagia. Los zombis devoran, sin razón aparente, (alguna triste película trató de dar alguna explicación sobre su canibalismo, pero preferimos ignorarla) a quien antaño fue su prójimo. Se trata de una metáfora de la destrucción que somete el ser humano a su propia especie en su carrera desmedida hacia el progreso. Otra contribución importante es que los zombis solo pueden morir si se les destruye el cerebro. Esta visión, novedosa e inédita, es, hasta cierto punto, heredera del racionalismo. Si Drácula solo puede ser acabado destruyéndole el corazón (a todas luces una visión propia del romanticismo) el zombi que no ostenta, aparentemente, inteligencia alguna (aunque en posteriores películas de Romero hay una evolución en el escaso coeficiente intelectual del zombi) tiene como órgano vulnerable el cerebro. Los rígidos movimientos de este nuevo zombi ya están presentes en visiones anteriores, aunque en el caso de Romero son más grotescos (al parecer este detalle está en desusanza en los últimos años, donde los zombis, u otros seres similares, tienen una gran destreza física y fuerza incomparable) y responde a la parálisis que aqueja a los muertos en las primeras horas.
El triunfo del zombi de Romero, en mi opinión, se debe fundamentalmente a que sintetiza, en cierta forma, a tres de los monstruos más populares del cine: tiene la indefinición ontológica de Drácula (que vaga en un estado que no es ni la vida ni la muerte), la torpeza de Frankenstein (que es producto de la tecnología lo que le convierte en el primer monstruo que vaticina los peligros de la modernidad ) y la voracidad del Hombre Lobo (que simboliza el ancla que nos sumerge a nuestro pasado salvaje y animal). Por ese motivo y otros que sin duda se me escapan, creo que los zombis gozan de gran popularidad en el terreno de los monstruos cinematográficos, posiblemente esa fama sea solo igualada por Drácula, cuya lujuria lo mantendrá vigente por muchísimos años más. Este éxito ha hecho que los zombies trasciendan su origen modesto en el género B, (nicho en el cual aún se mantienen cómodos), pues ahora coquetean en producciones de mayor capital, no solo hollywoodenses sin también televisivas. Para deleite nuestro (al menos de los que tenemos buen estómago) seremos testigos de los cambios que sufrirán estos hambrientos seres; no nos sorprenda si en un futuro muy cercano son ocasionados por el calentamiento global o la radiación.
Robinson Díaz
domingo, 23 de enero de 2011
El origen de la pornografía



