Un enfermo de rabia, que vive sumido en un violento delirio, es dotado de una fuerza excepcional y es capaz de someter por la fuerza a varios hombres o destruir con facilidad objetos o muebles que en su estado normal hubiera sido incapaz de romper. Acompaña a esta potencia física una agresividad e irritabilidad, ambas muy inmoderadas, que vuelven sumamente peligroso al más pacífico de los hombres. El rabioso parece un ser sin límites pues además ha sido sustraído de su mente la razón, castradora milenaria de impulsos animales, lo cual empuja al enfermo a superar todo límite físico y moral. Convulsiones imposibles, sensibilidad extraordinaria, rugidos inverosímiles o agresiones salvajes nos demuestran que la barrera humana es una convención y que esta suele encontrarse en la salud.
El enemigo de todo rabioso es el agua. El vital líquido es un elemento apaciguador, aplaca la sed y alivia tensiones. Estos efectos rivalizan con el fuego que consume al rabioso, cuyo único propósito es estallar de forma continua sin dar tregua alguna al espíritu poseso. El agua que brota de la lengua de los enfermos de rabia, muy característico en ellos, es una expulsión de un elemento incompatible a su naturaleza violenta y tempestuosa. Es tan severo el rechazo que siente el rabioso por el agua que tan solo el susurro que hace un manantial o un arroyo es capaz de producir en él el mayor de los horrores. La rabia es también conocida, en muchos idiomas, como hidrofobia.
La rabia, como muchos saben, es transmitida por un animal mamífero, aunque muchas veces llega al humano a través de la mordida de un can. No obstante, en algún momento de nuestra historia se creyó erróneamente que esta enfermedad se generaba espontáneamente en nosotros. Comprensible porque el paso entre salvajismo y civilización era más cercano en aquellas épocas que en la nuestra, por lo que resabios de la condición animal aún podían resonar en el hombre. Sin embargo, hoy la rabia puede ser entendida como una especie de venganza de la naturaleza hacia la humanidad que ha abandonado su violento seno. Nuestros fieles compañeros animales, los perros –y en menor medida los gatos- son los principales transmisores de este mal. Y es que a pesar de la convivencia milenaria con nosotros, aún representan a la naturaleza, son sus emisarios y como tales nos hacen llegar este castigo en forma de enfermedad que nos devuelve a nuestro estado natural, quizá distorsionado, como la imagen que proyecta un espejo vilmente deformado, pero jamás desleal a lo que fuimos antaño: animales llenos de furia, sin la traición de la conciencia y la agresividad y fuerza como únicas condiciones para la supervivencia.
Robinson Díaz


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